PARA REFLEXIONAR:

"Lo peor de la guerra no es que nos quite la vida, sino que nos quita la humanidad"

"¿Cómo podremos acabar con la guerra y la violencia si no valoramos, respetamos y cuidamos la vida humana desde su mismo comienzo?"

lunes, 2 de junio de 2014

EL OFICIO LITÚRGICO DE COMENTARISTA O COMENTADOR






ELABORADO POR:
Carlos Augusto Arias Vidales
Licenciado en Pedagogía Reeducativa en la Fundación Universitaria Luis Amigó (Medellín)
Estudios Filosóficos en el Seminario de Cristo Sacerdote (Yarumal, Ant.)
Pastoral y Evangelización
Publicado originalmente en
http://pastoralyevangelizacion.blogspot.com/2012/04/el-oficio-liturgico-de-comentarista-o.html (Eliminado)
jueves, 19 de abril de 2012




El Comentarista litúrgico es aquella persona que, en ciertos momentos claves, indica o aclara, mediante breves moniciones, el sentido y significado de determinados ritos de una celebración litúrgica, e invita a participar en ellos con el espíritu y la actitud debidos . Así mismo, en muchas partes, le corresponde proponer las intenciones de la Oración Universal y las de la presentación de ofrendas. En algunas partes, sus funciones se le asignan al Maestro de ceremonia; sin embargo, en pro de la clara diferenciación de funciones, es preferible que, en las celebraciones donde se requiera la participación de un Maestro de ceremonia, sus funciones estén debidamente separadas de las del Comentarista.

1. LAS MONICIONES

Las moniciones son breves exhortaciones que cumplen tres funciones básicas:

  1. Explicar el sentido o significado de un rito o de una ceremonia.
  2. Motivar e invitar a los fieles a participar en un rito o en una ceremonia.
  3. Describir los ritos mediante los cuales se realiza una ceremonia.

En la mayoría de las ceremonias, las moniciones cumplen sólo las dos primeras funciones; únicamente en celebraciones que tienen un carácter excepcional, tanto por su forma como por la poca frecuencia con que se celebran, se usan moniciones descriptivas, pero, en tal caso, estas últimas las realiza el Maestro de ceremonia.



Ahora, bien, cualquier parte de una ceremonia puede ser objeto de una monición; sin embargo, en la mayoría de lugares se ha adoptado como convención hacer en las ceremonias regulares tres moniciones típicas:

  1. La monición inicial (o monición de entrada): dependiendo de las costumbres de cada lugar, la ubicación de esta monición cambia: en algunas partes se hace antes de iniciar el canto de entrada; en otras, al terminar éste; y en otras partes, después del saludo litúrgico. Esta última, de acuerdo a las indicaciones del Misal Romano (Ordinario de la Misa, nº 3), es la ubicación más apropiada, aunque, en última instancia, es el Párroco del lugar quien decide en qué momento se hace esta monición.

    La monición inicial cumple con la función de explicar o resaltar el sentido y la importancia de la ceremonia particular que se celebra, y de invitar a los fieles a participar en ella dentro del espíritu y las intenciones particulares que congregan a los fieles (la solemnidad, fiesta o memoria que se celebra, el domingo, el sacramento que se celebra, la visita del obispo u otro personaje importante, el cumpleaños de alguien o el aniversario de una institución, etc.). Debe tenerse en cuenta que esta monición nunca incluye un saludo, pues como tal, el único que cabe hacer al inicio de una ceremonia religiosa, es el saludo litúrgico que realiza el presidente de la Asamblea. Ej. de una monición de entrada en un domingo del tiempo ordinario:

    Hermanos y hermanas, en este día, como todos los domingos, nos hemos congregado para celebrar el Misterio Pascual de Cristo, es decir, el acontecimiento glorioso de su Pasión, Muerte y Resurrección, por los cuales nos alcanzó la vida eterna. Conscientes y agradecidos por tan magnífico regalo del amor de Dios, participemos con entusiasmo y alegría en esta Santa Misa.
  2. La monición a la Liturgia de la Palabra: se ubica antes de dar inicio a la proclamación de las lecturas bíblicas del día. Su función es explicar el sentido de la Liturgia de la Palabra y motivar a escuchar atenta y devotamente la Palabra de Dios. En ella se puede hacer alusión a la Palabra de Dios como alimento espiritual, como enseñanza sagrada, como don de Dios; a Cristo como Palabra de Dios viva y encarnada; a la Liturgia de la Palabra como “mesa de la Palabra de Dios”; al Espíritu Santo que ilumina las mentes y el corazón para acoger, entender y obedecer el mensaje divino, etc. Ej. de una monición a la Liturgia de la Palabra en la fiesta de un santo:
    La Palabra de Dios es la espada espiritual con la que los santos y santas del Señor combatieron los ataques del pecado y del mal. Armémonos también nosotros con la sabiduría divina escuchando atentamente las lecturas bíblicas de hoy.
  3. La monición antes de la Comunión: su mejor ubicación es luego de la invocación del Cordero de Dios, antes de que el sacerdote comience a distribuir la Comunión a los fieles. Su función es explicar el sentido de la Comunión Eucarística, y motivar a recibirla de forma digna. Puede hacer alusión a Cristo que se entrega como alimento espiritual y corporal, como nuevo maná enviado por el Padre; a la Iglesia como comunión de los hijos de Dios; a la caridad fraterna con todos, especialmente con los más necesitados; a la pureza del alma requerida para comulgar, a la unidad del pueblo cristiano como imagen de la unidad de la Santísima Trinidad, etc. Ej. de una monición antes de la Comunión en la fiesta de la Anunciación:
    María fue el Sagrario Vivo que custodió en su vientre al Hijo de Dios hecho hombre. Hoy nosotros, al comulgar el Cuerpo de Cristo, por la gracia y misericordia de Dios, nos convertiremos también en Sagrarios Vivos de Cristo resucitado. Así, pues, acerquémonos a comulgar en actitud de profunda adoración.



Aparte de todo lo anterior, ha de tenerse en cuenta que:

  1. Las moniciones no son un espacio para hacer reflexiones ni para dar mensajes; esa es la función de la Homilía.
  2. La monición a la Liturgia de la Palabra no tiene por función hacer un resumen de las lecturas ni extraer la idea central de éstas; si se hace tal cosa, la hace el mismo sacerdote (o el diácono) al principio de la Homilía.
  3. La monición a la Liturgia de la Palabra se hace con respecto a la proclamación de las lecturas en particular, o con respecto a la Liturgia de la Palabra en general, NO con respecto a cada lectura.
  4. Las moniciones deben redactarse en forma breve y sencilla, evitando los rodeos, las palabras y expresiones rebuscadas o rimbombantes, la terminología sofisticada, teológica o filosófica.
  5. Las moniciones no se proclaman desde el ambón (o desde el atril destinado a la proclamación de la Palabra, según sea el caso), sino desde un atril ubicado en un lugar conveniente fuera del presbiterio.



2. LA ORACIÓN UNIVERSAL

En la oración universal, u oración de los fieles, el pueblo responde en cierto modo a la Palabra de Dios recibida en la fe y, ejercitando el oficio de su sacerdocio bautismal, ofrece súplicas a Dios por la salvación de todos. Conviene que esta oración se haga de ordinario en las Misas con participación del pueblo, de tal manera que se hagan súplicas por la santa Iglesia, por los gobernantes, por los que sufren diversas necesidades y por todos los hombres y por la salvación de todo el mundo. (IGMR, 69).

De acuerdo con esta cita de la Instrucción General del Misal Romano (IGMR), la Oración universal consta, básicamente, de cinco intenciones (por la Iglesia, por los gobernantes, por necesidades particulares, por todos los hombres y por la salvación del mundo); no obstante, en las celebraciones especiales (por ejemplo, la Confirmación, o el aniversario de una institución), se pueden ordenar y redactar de tal forma que respondan mejor al carácter especial o a las intenciones particulares de dichas celebraciones (cf. IGMR, 70).

La forma de realizar la oración universal es la siguiente: el sacerdote las introduce mediante un invitatorio; luego, el diácono (o un lector idóneo) propone a los fieles las intenciones, a las cuales estos se unen mediante una invocación común o mediante un silencio orante; y es terminada por el sacerdote con una oración conclusiva.

Cuando en la celebración hay un diácono, este propone las intenciones desde el lugar de la Palabra u otro sitio adecuado; pero, si no hay diácono, las puede proponer el comentarista, caso en el cual, aunque pueden ser propuestas desde el lugar de la Palabra, es preferible proponerlas desde el mismo atril desde el cual se leen las moniciones, ubicado en una parte conveniente fuera del presbiterio; aunque, si se opta porque las proponga un lector distinto al comentarista, sí es conveniente proponerlas desde el lugar de la Palabra.

En la práctica usual en nuestro medio, las intenciones de la Oración universal suelen ser cuatro, a saber:

  1. Por la Iglesia, sus necesidades, sus ministros en general; por el Papa, los obispos, los presbíteros, los diáconos, los religiosos y religiosas, los fieles laicos en general; la unidad de los cristianos.
  2. Por el mundo, sus necesidades, sus gobernantes; por la salvación del mundo, la conversión de los pecadores y de los no creyentes.
  3. Por los que tienen alguna necesidad particular.
  4. Por las necesidades de la comunidad local; por los congregados en la celebración.

Aunque no hay normas que regulen de forma precisa la manera de formular la Oración universal, ateniéndonos a lo que dice el numeral citado de la IGMR, acá nos atrevemos a hacer algunas recomendaciones a tal efecto:

2.1. El invitatorio

Aunque tanto el invitatorio como la oración conclusiva pueden ser dichos espontánea y libremente por el sacerdote, es conveniente que quien redacte las intenciones, redacte también aquellos. Para la redacción del invitatorio, debe tenerse en cuenta lo siguiente:

  1. El invitatorio no tiene más intención que motivar a los fieles a que dispongan su espíritu y su corazón para elevar a Dios las súplicas comunitarias; por ello, debe ser breve y conciso.
  2. Por lo anterior, el invitatorio se formula dirigiéndose directamente a los fieles.
  3. Aunque no es indispensable, no está demás conectar el invitatorio con la intención general expuesta en la monición de entrada; pero esto debe hacerse de forma taxativa o enunciativa, sin extenderse en explicaciones o reflexiones.
  4. Es conveniente formularlo de tal forma que la invocación con la que el pueblo se une a la oración no aparezca como “una pieza colocada a la fuerza”, sino que, más bien, quede claramente conectada con él.

El siguiente es un posible ejemplo de un invitatorio redactado teniendo en cuenta estas recomendaciones:

Hermanos y hermanas, en esta fiesta de María Auxiliadora, elevemos con confianza nuestras súplicas a Dios, diciendo:
POR LA INTERCESIÓN DE TU MADRE SANTÍSIMA, ESCÚCHANOS SEÑOR.

2.2. Las intenciones

De acuerdo con el nº 71 de la IGMR, las intenciones «deben ser sobrias, compuestas con sabia libertad y con pocas palabras y expresar la súplica de toda la comunidad». Para conseguir esto, hacemos las siguientes recomendaciones:

  1. Deben formularse de tal forma, que en cada intención se pida sólo por una necesidad.
  2. Cada intención consta, como máximo, de tres elementos:
    1. El encabezado. Es el elemento que inicia la intención, y puede referirse a un individuo, un grupo o una institución. Al redactarlo, se empieza con la palabra “Por…” seguida de aquél o aquellos por quienes se pide, separados del elemento siguiente por una coma o por un punto y coma según corresponda. Ej.: «Por la Iglesia y sus ministros, …».
    2. La petición. Es el elemento en el que se explicita la gracia o favor que se pide. Al redactarlo, se comienza por la expresión “para que…”, seguida de la petición, separada del elemento siguiente por un punto y coma o por un punto seguido. Continuando con el ejemplo anterior: «Por la Iglesia y sus ministros, para que no desfallezcan en su empeño por darte a conocer en todos los rincones del mundo. …».
    3. La conclusión. Es el elemento con el cual se invita a la comunidad a orar en común. Para ello, es usual servirse de una de las expresiones: «Oremos», «Roguemos», «Oremos al Señor», u otra similar, tras la cual, el pueblo aclama la invocación que se les propuso en el invitatorio. Unificando el ejemplo, quedaría así: «Por la Iglesia y sus ministros, para que no desfallezcan en su empeño por darte a conocer en todos los rincones del mundo. Oremos».
  3. No debe abundarse en intenciones: el número ideal es cuatro, seis como máximo.
  4. Deben formularse tomando en cuenta las intenciones generales de la celebración indicadas en la monición de entrada, así como las circunstancias presentes del mundo, de la Iglesia y de la comunidad.

2.3. La oración conclusiva

La oración conclusiva debe redactarse teniendo en cuenta que:

  1. Su finalidad, es tomar el conjunto de las intenciones para presentárselas a Dios, rogándole que nos conceda cuanto le pedimos.
  2. Por ello mismo, se dirige directamente a Dios, al Padre, al Señor, o a Jesús, o a cualquiera de sus apelativos.
  3. Si en el invitatorio no se hizo la conexión con las intenciones generales de la celebración, tal conexión puede hacerse acá. De lo contrario, no, para evitar ser demasiado repetitivos.
  4. Se concluye con la terminación corta, según el caso: «Por Cristo, Señor nuestro. Amén» (cuando se dirige a Dios o al Padre); «Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén» (cuando se dirige a Jesús).

Este es un ejemplo de una oración conclusiva en un Domingo de Navidad:

Dios Padre, que enviaste a tu Hijo al mundo para hacernos merecedores de tus gracias y dones, acoge benevolente las súplicas que te hemos dirigido en su nombre. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.



3. LA PRESENTACIÓN DE OFRENDAS

Es muy común, sobre todo en nuestros países latinoamericanos, la realización de la procesión y presentación de ofrendas. Propiamente, lo que se presenta es el pan y el vino litúrgicos (ofrendas sagradas de comunión con Dios), así como la ofrenda económica y en especie (ofrendas de comunión solidaria con la Iglesia y con la humanidad, especialmente con los hermanos más necesitados).

Sin embargo, como expresión de la riqueza cultural y de los sentimientos peculiares de nuestros pueblos, de hace tiempo atrás se ha acostumbrado a hacer también otros tipos de ofrendas, la mayoría de las veces, de carácter meramente simbólico.

Tomando en cuenta lo anterior, hacemos las siguientes aclaraciones:

  1. Las ofrendas deben ser “reales”, no meros símbolos.
  2. Como consecuencia de lo anterior, lo que se presenta como “ofrenda” debe ser, efectivamente, algo que se da, que se dona a la Iglesia para atender a sus necesidades, o para que ésta atienda a las necesidades de los más pobres.
  3. Así mismo, cuando se presentan el pan y el vino como signos del alimento espiritual, o del Cuerpo y la Sangre de Cristo, o de la Comunión con Dios y con los hombres, etc., lo que se debe presentar son el pan y el vino litúrgicos que se han de consagrar en la misma celebración.
  4. Por todo lo anterior, no se vale tomar prestados (de la casa cural o de la sacristía) objetos o cosas para hacer la presentación de ofrendas, pues no hay don cuando lo que se presenta, de por sí ya pertenece a la Iglesia.
  5. Tampoco se vale hacer presentación de ofrendas con cosas que, una vez terminada la celebración, son recogidas nuevamente por quien las presentó. No hay ofrenda cuando se reclama como propio lo que se presentó.
  6. Aparte de lo anterior, no es conveniente abundar en ofrendas; con tres o cuatro son suficientes; y entre ellas, siempre se deben contar el pan y el vino litúrgicos, ya sea que se presenten conjuntamente o por separado.
  7. En cuanto al orden, sólo debe tenerse en cuenta que el pan y el vino siempre se presentan de últimos, como signo de que son la ofrenda por excelencia, la que recoge y contiene a todas las demás.

Ahora bien, a menudo no es al comentarista, ni al Maestro de Ceremonias, ni al guionista (suponiendo, pues, que se disponga en la parroquia de todos estos servidores), sino a un Comité Litúrgico, a quien corresponde seleccionar las ofrendas que se han de presentar en una ceremonia determinada.



Por otra parte, la procesión y presentación de ofrendas suele presentarse de dos formas:

  1. Primera forma
    1. Con suficiente anticipación, quienes han de portar las ofrendas, se hacen a la entrada del templo, o en el sitio donde se tengan dispuestas las ofrendas, y se preparan tomándolas en sus manos.
    2. El sacerdote, terminado el rito precedente (que puede ser la Homilía, el Credo o la Oración universal) se sienta en la cede (que es lo preferible, sobre todo en el caso de que quien presida la ceremonia sea un obispo), o se ubica de pie frente al altar.
    3. Mientras tanto, el comentarista o el lector se ubica en el atril, ubicado en un sitio conveniente fuera del presbiterio.
    4. El comentarista, o el lector, anuncia la ofrenda que se va a presentar (Por ej.: «El Cirio encendido»).
    5. Tras ello, quien porta la ofrenda comienza a caminar hacia la entrada del presbiterio, mientras el comentarista o el lector hace la presentación de la ofrenda.
    6. Al llegar a la entrada del presbiterio, quien porta la ofrenda hace una venia al altar, y se voltea de cara al pueblo, elevando un poco, si es posible, la ofrenda, y espera a que el comentarista o el lector termine de leer la presentación de la ofrenda.
    7. Cuando el lector o el comentarista termine de hacer la presentación de la ofrenda, quien la porta se acerca al sacerdote y le hace entrega de la ofrenda.
    8. El sacerdote recibe la ofrenda y se la pasa al diácono, si lo hay, o si no, a uno de los acólitos o monaguillos (que sea capaz de soportar el peso de la ofrenda), el cual la deposita en una mesa ubicada para este efecto cerca al altar; o sobre el altar, si se trata del pan y el vino.
    9. Del mismo modo se procede con las demás ofrendas.

  2. Segunda forma
    1. El sacerdote, el comentarista o el lector, y quienes portan las ofrendas, se ubican de la misma manera que se indicó en la primera forma (nos. 1-3).
    2. Se da inicio al canto de ofertorio y, simultáneamente, quienes portan las ofrendas comienzan a caminar lentamente en procesión hacia el altar, hasta que lleguen a una distancia prudente de él.
    3. Entonces, se detiene el canto de ofertorio y quien porta la primera ofrenda se adelanta hacia la entrada del presbiterio, hace la debida reverencia al altar, se voltea de cara al pueblo y eleva un poco, si es posible, la ofrenda.
    4. Luego, el comentarista o el lector hace la presentación de la ofrenda.
    5. Se procede en lo demás como se indicó en la primera forma (nos. 7-9).
    6. Después, quien porta la segunda ofrenda se adelanta hacia la entrada del presbiterio, y se procede en lo que sigue como ya se indicó.

    Obviamente, si se elige una forma u otra, es cuestión de gustos. Acá recomendamos la segunda forma apuntalándonos en dos principios:

    1. En la liturgia debe evitarse las carreras y apresuramientos, y esto no se consigue siempre con la primera forma de hacer la procesión y la presentación de las ofrendas, pues a menudo, quien porta la ofrenda debe caminar de forma apresurada para poder llegar a la entrada del presbiterio antes de que se termine de leer la presentación.
    2. Deben propiciarse, dentro de la liturgia, espacios de silencio contemplativo y meditativo, lo cual se logra mejor en la segunda forma, en la cual el pueblo espera sentado en silencio, mientras que la procesión avanza al son del canto de ofertorio; así como en los espacios de silencio que se crean entre los momentos en los que quienes portan la ofrenda se acercan a la entrada del presbiterio y los momentos en que el comentarista o el lector comienza a hacer la presentación de cada ofrenda.

    Teniendo claro todo lo anterior, ahora sí nos podemos centrar en lo que más propiamente le corresponde al comentarista. En cuanto a ello, es bueno tener en cuenta lo siguiente:

    1. Al igual que se dijo de las anteriores dos funciones del comentarista, acá es conveniente ser concisos y precisos en la forma de redactar la presentación de una ofrenda determinada.
    2. También es conveniente que se use un lenguaje claro y sencillo, que, siendo no obstante elegante y decoroso, esté al alcance de todos cuantos participen en la ceremonia.
    3. En cuanto a la forma, puede variar mucho de un lugar a otro; acá, proponemos los siguientes elementos en la redacción de la presentación de una ofrenda:
      1. Encabezado: es el elemento en el cual se enuncia la ofrenda que se presenta. Un ej. de la forma más habitual, y también la más recomendable, es así: «Señor, te presentamos la SAGRADA BIBLIA,…». Es conveniente, como se ve en el ejemplo, resaltar aquello que se presenta como ofrenda.
      2. Significado: es el elemento en el que se explica el significado o el simbolismo de la ofrenda. Continuando con el ej. anterior: «…signo de tu Palabra Viva que ilumina a los hombres de todos los tiempos; …».
      3. Conclusión: aunque en muchas partes no se hace, es recomendable terminar la presentación de la ofrenda invitando a los fieles a unirse a la oración con una invocación común. Las más usuales son: «Recíbel@, Señor» y «Te l@ presentamos, Señor».
      En aquellos casos en que se haya optado por no hacer Oración universal, es posible, e incluso conveniente, añadir luego del significado y antes de la conclusión, otro elemento: la súplica, consistente en una plegaria de petición; en el caso del ejemplo desarrollado, podría ser: «con ella te presentamos también a todas las personas que esparcen por el mundo la luz de tu Verdad, para que las sigas fortaleciendo en su celo pastoral». En tal caso, la conclusión más conveniente es: «Escúchanos, Señor». De este modo, integrando nuestro ejemplo, quedaría así:

      Señor, te presentamos la SAGRADA BIBLIA, signo de tu Palabra Viva que ilumina a los hombres de todos los tiempos; con ella te presentamos también a todas las personas que esparcen por el mundo la luz de tu Verdad, para que las sigas fortaleciendo en su celo pastoral. Escúchanos, Señor.



VERSIONES IMPRIMIBLES

En Scribd.com:

_ElOficioLiturgicoDeComentaristaOComentador


O puedes descargarlo desde aquí en formato PDF



FUENTE:

MISAL Romano. Conferencia Episcopal de Colombia - Departamento de Liturgia : Bogotá, 2008.



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